Cualquiera fuera el resultado -default de Grecia, ordenado o no; mayor inyección de liquidez; abandono del euro, etc.- el problema de fondo tardará mucho tiempo en resolverse. Y el problema de fondo son los descomunales déficit fiscales de Italia y España, por citar algunos, además de Grecia, y las enormes asimetrías en materia fiscal, inflación, endeudamiento, competitividad y productividad. A diferencia de Estados Unidos, donde el déficit es uno solo y el Tesoro (Ministerio de Economía) y la Reserva Federal (Banco Central) actúan de manera más o menos coordinada, en Europa cada país mantiene su soberanía en materia de dirección de la política económica.
Así, cada uno tiene su ministerio de Economía y decide en consecuencia sin coordinar con los demás países, a pesar de lo que establece el Tratado de Maastricht. De manera que es casi imposible resolver en conjunto las distintas particularidades y diferencias macroeconómicas en épocas de crisis. Si a todo esto le sumamos el aspecto político, donde la canciller alemana Angela Merkel perdió elecciones cruciales; o España, con elecciones anticipadas; o Francia, donde el presidente Sarkozy perdió mayorías parlamentarias, se entiende el pesimismo generalizado.
Cómo terminará todo esto, no lo sabemos. Es probable y razonable que algunos países abandonen la zona del euro, pero cuesta admitir el fracaso. ¿En qué grado influirá todo esto en las economías latinoamericanas? Tampoco lo sabemos. Se estima que del dinero que mueven los commodities que exportan los países de la región, los fondos especulativos participan aproximadamente en un 30%. De manera que es crucial para las cotizaciones futuras el comportamiento de estos fondos, además del consumo chino.
Nuestros fantasmas económicos siguen pasando por el comportamiento del precio de la soja y de la performance de la economía de Brasil. De lo que suceda resultarán las medidas para encarar el nuevo período de gobierno. Pragmatismo puro.